Apocalipsis VI
Se pone interesante la vida en la granja
Al día siguiente, Javier dormía plácidamente, cuando su puerta se abrió con sigilo y apareció su abuela, Rosario. Le miró sonriente, lujuriosa al ver su polla aún flácida. No podía creer todo lo que se parecía a su difunto hijo. Se acercó a él y se colocó entre sus piernas para darle un buen despertar. Con una sonrisa en la boca se colocó a cuatro patas entre sus piernas con la cara en su polla. Se relamió. Con sumo cuidado de no despertarlo aún, le agarró la polla con ambas manos y comenzó a lamerla. Rosar...