Picor ardiente
Consuelo y su suegro, tras la muerte del hijo de éste, han hecho el amor salvajemente, pero después del gozo, viene la culpabilidad y las promesas, que no son fáciles de cumplir.
-¡Hasta luego, Mamá! ¡Hasta luego, Granpá!
-¡Hasta luego, tesoro…! – Mi suegro y yo, desde la puerta de la casa de éste, decíamos adiós a mi hijita de apenas cinco años, mientras ella corría hacia el autobús escolar que venía a recogerla. Gloria estaba loca con su nuevo colegio, donde le estaban enseñando “un mogollón de cosas”, no como en el otro, donde pasaba la mayor parte de la mañana durmiendo, porque la profesora pasaba de ellos. Habían sido muchos cambios en muy pocos días; mi marido se había s...