Me llamo Jacob (III)
Sin esperanza. Sin lágrimas, sin mentiras.
Los médicos se habían enfrentado a un dilema. Las perspectivas eran malas, muy malas. Tanto que no habían ocultado el muy posible fin de todo aquello a la familia del paciente pero tampoco querían perder la esperanza. Al fin y al cabo apenas era un muchacho saliendo de la niñez y se merecía el esfuerzo de que hicieran incluso lo imposible.
Solventar la acumulación de líquido en el pericardio antes de que provocara un fallo del corazón que hiciera insustancial tratar lo que había provocado la pericardi...