En el otero
Qué buenas vistas hay en este monte.
El coche se detuvo entre los árboles, apartado del sendero por el que habían llegado. Miró al copiloto y no pudo contener la sonrisa. Llevaba los pantalones a la altura de los muslos y hacía rato que se acariciaba el rabo sin prisa pero con fuerza; había mirado de reojo mientras conducía, sin querer distraerse demasiado de la carretera pero atraído por los gemidos producidos al darse placer. Con una mano se masturbaba y con la otra, situada entre las piernas, presionaba el plug violeta que llevaba clavado e...