Bariloche: viaje de egresados cachondos

Son muchas las anécdotas guarras que se cuentan sobre un viaje a Bariloche. ¿No sabéis de qué va? Pues ningún tipo de problema, yo os explico.

En Argentina es tradición que, en el último año de la escuela secundaria, se lleve a cabo un viaje estudiantil con destino a la ciudad de San Carlos de Bariloche. Una travesía recreativa que, por lo general, se realiza en temporada de invierno para aprovechar la nieve. Se llevan a cabo allí varias excursiones y diversas actividades como esquiar, hacer snowboard, fogatas, entre otros, pero lo que más les interesa a los chavales son las noches de fiesta en las discotecas de la zona.

Las hormonas alborotadas de los jóvenes estallan allí, lejos de sus padres y con una supervisión adulta que no puede acaparar mucho, las chicas y chicos aprovechan para darse un pase libertino por los placeres de la carne. Como les dije, son muchas las anécdotas que se cuentan, como las que os voy a narrar en instantes.

Antes de continuar, os advierto que esta no es una lectura recomendada para padres, cuyos hijos estén próximos a realizar este viaje, que no quiero que se espanten y no les den permiso para ir.

Las aventuras que os contaré pertenecen a un curso de una ciudad del nordeste argentino. Ya en el colectivo que les lleva hacia allá, el descontrol se hace presente, con algunos chavales escondiendo en cualquier recoveco marihuana, y con los “coordinadores”, una suerte de adultos que se encargan de dirigir a estos jóvenes, animando a la peña con pícaros juegos como el del “cubo de hielo”. Además de animar, también son los que despiertan a primera hora de la mañana a los estudiantes para ir a los tours, solucionar sus problemas y cuidarlos. Suelen ser 3 o 4. La mala fama dice que estos adultos están más preocupados por ligarse a las colegialas que a otra cosa.

Al llegar, la primera parada es el hotel, una de las principales localizaciones sede de lujurias, como la aventurilla que se dio Kim, una rubia de ojos verdes que rompe corazones con su deslumbrante belleza, pero que además posee un hambre por nuevas experiencias sexuales. Aquí podría dar rienda suelta a sus deseos. Ella conoció en la primera noche de discoteca a Dartel, un joven apuesto con físico de gimnasio, galante y con mucha habilidad sexual. Como le cayó majete, ella le confesó que quería probar el sexo anal. Ni corto ni perezoso, al llegar al hotel se la llevó directo al baño de la habitación que ella compartía con otras tres compañeras, se desnudaron y en la ducha la apoyó contra la pared. Le fue metiendo centímetro a centímetro su prominente miembro, completamente erecto por lo sexy que es Kim. Ella no gemía, gritaba de placer. Sus compañeras entraron en la oscura habitación donde la única luz encendida era la del baño, escucharon los gritos de ella y los jadeos del varón, se miraron unos instantes y salieron cagando leches de allí riendo como pícaras. Kim deseaba que sus gritos no llegasen a sus compañeros, para que no corriera el chisme, y mucho menos, cuando regrese, a oídos de sus padres. Tarde, sus amiguitas se encargaron de comentar que a la bella rubita le “hicieron el orto en el baño de la habitación”.

A la que no le importaba que los demás supieran de su aventura era a Micaela, quien no se aguantó más las ganas de saborear a su compañero y, al segundo día, le hizo un “pete” en el ascensor. Algunos pocos le llegaron a ver y lo comentaron por los pasillos, pero no todos lo creyeron, quedando la faena como un simple rumor. Lo que sí le iba a importar a la estudiante eran los sarpullidos que le saldrían en la boca tiempo después.

Así como Kim era una rompecorazones porque “le gustan mayores”, Valentina, con su cabello negro y lacio más sus ojos azules, era el amor platónico de muchos de sus compañeros, y compañeras también. Ella era discreta y ya había tenido unas aventurillas en su ciudad, por lo que tenía experiencia. En la tercera noche, quería quedar con un apetecible varón que le prometía hacer sus delicias. Sin embargo, con ellos siempre se encontraban otros dos muchachos que se les habían pegado como moscas, y no tenían planes de dejar el campo libre para el chaval. A Valentina no le molestaban esos dos chicos, le parecían lindos y podía tranquilamente mantenerlos bajo control. En la tercera noche, ella y los tres chavales le dijeron a los coordinadores que no les apetecía ir a la discoteca esa vez. Se quedaron charlando en el comedor casi vacío del hotel mientras los demás compañeros iban a la fiesta. A la belleza de ojos azules le apetecía otro tipo de asiento, por lo que fue a sentarse en el regazo de su pretendiente. Con el vestido ajustado y corto que llevaba, a veces les regalaba a los dos moscones unas buenas vistas. Ambos se mostraban muy serviciales con ella y, aprovechando que estaban de bonachones, les pidió un masaje.

—¿Alguno de ustedes dos tiene el fetiche de los pies?

Los chavales se miraron entre ellos y al instante dijeron “sí”, sólo que uno lo dijo más rápido que el otro. Fue ése el ganador y por ello, la dama se quitó los tacones y le apoyó el talón en su muslo. El chaval miró ese delicado pie, con las uñas pintadas de negro y con una exquisita pedicura. No tardó en darle un rico masaje. El otro moscón quedó triste, pero Valentina no lo dejaría así, estiró su otro pie para él, quedando algo abierta de piernas, ofreciendo así una sexy vista de su tanga. El pretendiente no se había quedado pasmarote ante la escena, la acariciaba en la espalda, en sus nalgas, y la besaba. La dama gemía de gusto por toda la atención que estaba recibiendo.

—Ay, como que ahora también quiero un masaje en la espalda —dice la muchacha fingiendo estar contracturada.

El masajeador del segundo pie abandonó rápido su puesto y se ubicó a su espalda, antes de que el pretendiente le ganara de antemano. Ella se acomodó mejor en su “asiento”, corrió las tiras del vestido y lo fue bajando hasta llegar a la altura de sus pezones. No traía sostén. El masajeador de pies abrió los ojos como platos. El de la espalda no perdió tiempo y comenzó a acariciar esos hombros. Los jadeos de la mujer estaban poniendo palotes a la compañía. Valentina movía lentamente su cadera, aumentando el frotamiento de sus nalgas por el miembro de su pretendiente. El colega no aguantaba más las ganas de follársela, por lo que la cargó cómo recién casados y se la llevó para su habitación.

—Vamos a jugar al cuarto oscuro —dijo la dama.

El hombre, ya adentrado en la habitación, la dejó en la primera cama que encontró y le sacó de un tirón el vestido. No se encendió en ningún momento la luz. Valentina disfrutó mayormente del chaval que más quería, y los otros dos aprovechaban para magrearle los senos, las voluptuosas nalgas, le chupaban los pezones y continuamente agarraban la mano de la chica y la dirigían hacia sus penes para que “los pajeara”. Esa cama terminó con muchas manchas.

Quien quería pasarla tan bien como Valentina en las últimas noches era Abigail, Abby para los amigos, pero no se podía dar tan fácil ese gusto porque su problema no eran unos moscones que se le pegaban, sino un helicóptero, más precisamente su novio. La joven, de cabello castaño y una figura apetecible, se jactaba de tener al novio más lindo de la ciudad, por ello no le apetecía tontear con ningún otro. Lo que Abby no sabía es que, en Bariloche, iba a conocer una chorrada de tíos mucho más guapos que el suyo. Si lo hubiese sabido antes, habría venido soltera para disfrutar a pleno de todos esos guapos muchachos, con esas bonitas sonrisas y que le hacían cumplidos cada vez que su novio se distraía.

Al novio de Abby le habían advertido unos colegas de que, si iba a ir con novia a Bariloche, se anduviera con cuidado, así que sabía de las cosas que ocurrían allí y por ello no le quitaba la guardia de encima ni por un instante.

La damisela no aguantaba más a su celador. Se le ocurrió una idea: fue a hablar con un amigo, uno que haría cualquier cosa por ella, y le pidió que le entretenga al pesao de su novio. El amigo era uno de los más “buena onda” del curso, el buen rollero, por lo que la mayoría se divertía con él. Abby le sugirió que le invitara algún vino espumante, su favorito. El amigo, que ya intuía las intenciones de ella, le dijo:

—¿Ah si?, y si yo te hago este favor, vos qué me das a cambio.

—Salimos a tomar algo, yo te invito, pero unas cervezas, no este vino dulzón que parece gaseosa.

—¡Esoo! Así me gusta.

El chaval estaba enamorado de Abby desde hace mucho, ella lo sabía y por ello le pidió el favor. El amigo procedió con el plan, se acercó a charlar con el colega, al rato otra peña se suma a ellos y se lo pasan de risas. Abby estaba cerca, con su grupo de amigas, notando que el helicóptero cada vez se lo notaba más “achispado” y vigilaba menos, porque el amigo se encargaba de que no le falte para tomar. La joven se fue desplazando poco a poco de su rango, él lo notó pero la estaba pasando tan bien con la peñita que no le dio importancia. Y así fue que, en complicidad con sus amigas, Abby se retiraba con dos seductores chavales hacia el hotel, mucho antes de que la noche de discoteca terminara. Inventaron la excusa a los coordinadores de que a los tres les dolía la cabeza y los transportaron con discreción. Al llegar, no se aguantaron las ganas de marcha y en el ascensor, sin nadie que los interrumpiera, se dieron el lote. Disfrutaron con desenfreno. Abby estaba muy complacida con su lujuriosa aventurilla. La alegría de la muchacha desapareció de regreso a su ciudad, porque pasadas unas semanas experimentó vómitos y mareos.

Es así coleguis, algunos la pasan tan ricamente en el viaje a Bariloche, recordándolo por el resto de sus vidas, mientras que a otros les pasaría factura su falta de experiencia, como muchos chavales que pillaron una ets. También están aquellos que no han tenido nada de sexo, sólo la han pasado genial en los tours en compañía de sus amigos. Hay de todo.

En fin gente, estas son sólo algunas de las historias que se cuentan en este tipo de viajes de egresados. De seguro muchos tendrán otras, y nos encantaría a todos que las compartieran en comentarios. Hasta la próxima.

Fin