Octava Cita
Presentía que estaba jugando con fuego, que algo se le estaba escapando de las manos. Si acudía a la siguiente cita no sería por la auto excusa con la que intentaba justificar algo que sabia no era lo correcto.
Ya no era por experimentar ni por la comprobación de que podía o no podía hacer algo diferente, superar sus miedos o acercarse al abismo de lo prohibido.
Intuía que se había acercado demasiado al borde, que podía caer en el precipicio en cualquier momento, en ese instante de debilidad en que la mente se ofusca y se deja guiar por el instinto; y ese instinto, en una mujer podía ser cualquier cosa menos inocente.
Lo llevaba pensando desde la noche anterior, cuando el le dijo que iba a Madrid de nu...